día 2

Como Teresa: "cuidar los pequeños detalles"

 

CUENTO

 

HISTORIAS DE JÓVENES CRISTIANOS QUE DAN EJEMPLO DE SU FE. (DEL LIBRO "ESTOS DAN CON ALEGRÍA")

EL SECRETO DE LA JOVEN.

Es una historia real que ocurrió hace tiempo, en otra época. Hacen falta hoy día, jóvenes que den testimonio de la fe que han recibido, y que las escriban.

Os recomiendo que lo leáis un par de veces y luego se la contéis con vuestras palabras.

SOFÍA Berdanska era una jovencita polaca que acababa de perder a su padre. Comprendió pronto que debía trabajar, para mantener a su madre, bastante delicada de salud, y a su hermano, pequeño todavía. Y decidió colocarse como institutriz.

Buscó alguna carta de recomendación, visitó varias familias católicas: pero en ninguna la querían recibir. Se padecía crisis económica, y todos pretendían disminuir los gastos.

Sofía sentía que se le encogía el corazón, cuando pensaba que su madre y su hermanito habían de padecer hambre y frío en casa.

No cesaba de rogar a Dios, y al fin creyó que su oración había sido escuchada, pues le hablaron de una familia muy bien acomodada, que tenía cuatro niños y acababan de quedarse sin señorita de compañía.

Allí se presentó Sofía, y preguntó por la señora de la casa. Después de los primeros saludos, temió Sofía que todas sus esperanzas se viniesen abajo. La señora le preguntó:

-Usted es…usted es… ¿usted no es judía?

Sofía fijó sus ojos en el rostro de la señora, y pronto advirtió por aquellas facciones y aquel modo de hablar que se encontraba delante de una israelita. Y respondió con toda sinceridad:

No , señora. Yo soy cristiana.

La señora judía quedó por unos instantes en silencio. Pero leyó la carta de presentación que traía Sofía, en la cual se daban muy buenos informes de la jovencita polaca. Por otra parte, advirtió que ésta se contentaba con pequeñas ganancias y que su presencia y su manera de hablar la hacían muy simpática.

Además-pero esto no lo dijo a la joven-, por su casa habían desfilado ya bastantes institutrices, y todas habían marchado bruscamente, quedando la señora con el problema de encontrar otra que tuviese más paciencia.

Pensó, pues, aceptarla, pero le dijo parte de la verdad: el comercio, y no me puedo ocupar de los cuatro pequeños. Mi madre, atendiendo al gobierno de la casa, los tiene un poco mal acostumbrados…Son algo caprichosos y tienen genio fuerte…Sofía respondió dulcemente:

Eso es de poca importancia…Cosas de niños… Yo haré todo lo posible por educarlos y atenderlos bien…

Y pensaba que debía comprometerse a todo y afrontar con todo, con tal de asegurar el pan para su madre y para su hermano pequeño.

En vista de que la futura institutriz se presentaba con disposiciones tan buenas, la señora Herstein expuso todas sus exigencias en lo que se refiere a horarios, trabajo diario, sueldo…Y terminó diciendo:

- Si hago el sacrificio de tomar una cristiana para la educación de mis niños, es con una condición: Usted tiene que prometerme, bajo palabra de honor, que nunca hablará del cristianismo a mis hijos; más aún, que ni siquiera dejará que ellos conozcan a qué religión pertenece usted.

Sofía volvió a pensar en su hogar, pensó también que hay muchas maneras de predicar a Cristo, respondió con serenidad:

Se lo prometo, señor. Palabra de honor.

La señora concluyó así:

Supongo que usted me comprenderá. No quiero propaganda ninguna en mi casa. No quiero nada que perturbe a mis niños en su fe mesiánica.

Pasaron varias semanas.

Sofía era fiel a su promesa. Pero como compensación, y a escondidas del intransigente esposo, Jacobo Herstein, la señora, algo más liberal, había permitio a la institutriz ir cada domingo a la primera Misa, con tal de que nadie se enterara.

Y Sofía solía ir a la iglesia, cuando los faroles, completamente escarchados, proyectaban su misterioso resplandor sobre la nieve acolchada en la mañana aún oscura.

Aquella jovencita polaca sentía necesidad de su comunión semanal, para mantenerse sonriente, bondadosa y laboriosa, de un domingo a otro, en esta familia donde cuatro pequeños judíos la tiranizaban a cual más. Nunca había creído posible que existiesen niños tan indisciplinados, tan perezosos, tan revoltosos.

Pero se me ha pasado por alto un pormenor. Y es que Sofía iba de cuando en cuando a visitar a su madre, para entregarle la paga mensual y pasar algún ratito con ella. Pues bien: en su primera visita, sacó un medallón que estaba guardado en un viejo cofrecillo, y antaño había pertenecido a su abuelo. Era de aquellos medallones en que se solía llevar pequeños recuerdos de las personas queridas. Tomó un papelito, escribió en él algunas palabras y lo ocultó en el estuchito del medallón. Y lo llevaba siempre colgado del cuello.

Alguna vez los niños de la familia Herstein le habían preguntado qué tenía dentro del medallón; pero ella nunca se lo dejaba abrir. Un día les había dicho:

Este es mi secreto, queridos. No me lo quitéis…

Así pasaron algunos meses.

Poco a poco, una trasformación-revolución pacífica- había ido cambiando el hogar de la familia israelita. Los niños obedecían, respetaban a los padres, que se miraban más que sorprendidos, y hasta-¡oh milagro!-estudiaban y trabajaban.

La madre hizo algunas preguntas muy hábiles a los pequeños: pero…nada. La institutriz estaba cumpliendo su palabra. No había descubierto a qué religión pertenecía, y los niños nada sospechaban.

Parece que así todo iba bien; pero un día la desgracia se cernió sobre la familia; el pequeño Haim, el penúltimo, cayó enfermo de un mal terrible; granos supurantes le cubrían el rostro y le hacían sufrir atrozmente. El médico no pronuncia el nombre…pero con además asustado habla de un posible contagio, y de aislamiento. Por otra parte, el mal era epidémico; los hospitales rebosaban…¿A dónde llevar al niño? ¿Cuidarle en casa? Sí; pero ¿quién le velaría?

La señora Herstein habla de su comercio (con frecuencia hablaba de él). Ella no podrá…Le falta tiempo…Y se aleja prudentemente, muy pálida, del pequeño lecho. Sus ojos se encuentran con los de Sofía, que comprende, y dice sencillamente:

-Yo, señora.

Pero como no se habían tomado bastantes precauciones, cayeron otros dos niños enfermos.

De una cabecera a otra, incansablemente, sin preocuparse nunca por tomar un descanso, la joven polaca vela, lleva las medicinas, hace la limpieza…Tanto hace y tan bien, que después de varias semanas, los tres enfermos son declarados fuera de peligro. Pero entonces, ella fue la atacada por el horrible mal.

Y la llevaron al hospital de Varsovia.

Allí muríó hace tres años.

Pero hoy, que es precisamente el aniversario de su fallecimiento, toda la familia Herstein ha comulgado en la Iglesia de San Alejandro: todos se convirtieron al catolicismo y fueron bautizados después de la conveniente instrucción.

¿quién hizo este milagro? Sofía Berdanska, la jovencita polaca que trabajaba para mantener a su madre y a su hermanito, nunca había hablado de Jesucristo ni del evangelio; pero le había recibido todas las semanas y había cumplido sus designios. ¿Y su secreto? Los niños pudieron conocerlo al fin, cuando los ojos se cerraron para siempre en aquel rostro hinchado, supurante, desfigurado por el mal, "contraído en acto de servicio", como dicen los partes de guerra; pero contraído por haber puesto "la vida por amor al prójimo", como dice el cristiano.

Cuando abrieron el medallón, apareció un papel plegado dentro, y allí, bajo una cruz trazada con tinta, aparecían estas palabras escritas por Sofía:

"Pues que se me prohíbe hablar de Jesucristo, viviré como dijo Jesucristo".

Al conocer estas palabras, la familia Epstein recordó cómo había vivido Sofía, con aquella bondad, aquella prontitud en servir, aquella fidelidad en obedecer, aquella generosidad en el sacrificio supremo… y comprendieron que si esto es lo que manda Jesucristo, la religión de Jesucristo es divina.

Y por eso, se hicieron cristianos.

 

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