día 1
Como Juan: "acoger a María"
DIEGO ERNESTO
Extraido del Ideario Mies (Capítulo 24, punto 5)
5. MADRE DE LA IGLESIA
Creemos que con razón eres llamada «Madre de la
Iglesia y de todos los hombres». Así lo proclamó Pablo VI
al final del Concilio Vaticano II, año 1965. Pero era una
verdad siempre admitida por la Iglesia, que siempre te
invocó como madre espiritual suya. En las catacumbas del
siglo II se encuentra este título «Madre de la Iglesia»,
cuando, probablemente, aún vivían los que habían estado
contigo.
Y es de razón: tú desempeñas en el orden sobrenatural lo
que una madre terrena realiza en el orden natural, esto es,
instrumento por donde Dios nos comunica la vida natural
creada por él, y tú nos has traído la vida de la gracia creada
por Dios, pues por ti entró Cristo en el mundo.
Siempre vio la Iglesia que Cristo proclamó esta verdad
cuando en la persona de Juan apóstol te nos entregaba por
Madre:
Mujer, he ahí a tu Hijo; Hijo, he ahí a tu Madre.
(Jn 19,26)
No es que tú comenzaras a ser Madre de los hombres en
ese momento, cuando Jesús te nombra Madre en la persona
de Juan Evangelista, sino que lo proclama públicamente en
el momento cumbre de la Redención, en la cruz; pero tú ya
lo eras desde el mismo instante en que concebiste a Cristo
en tu seno. Al concebir a Cristo concebiste al Cristo íntegro:
Cristo es la cabeza y nosotros los miembros; una madre no
puede ser madre solamente de la cabeza, sino del cuerpo
íntegro.
Luego si eres, María, mi madre, no sólo la Madre de
Dios, por otro motivo de amor debo venerarte y rendirte
culto, como lo harías tú, Jesús, que eres el mejor de los
hijos. No honrar a una madre es un pecado contra el cuarto
precepto del Decálogo.
Si te llama la Iglesia corredentora, como lo hace varias
veces en el Concilio Vaticano II, capítulo VIII de la Lumen
Gentium, es porque tú también colaboraste libremente
dándole a Cristo la materia del sacrificio redentor, que era tu
propia carne, y uniéndote místicamente en tu dolor al dolor
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de Cristo, permaneciendo firme en la cruz, ofreciendo a tu
Hijo como Abraham ofreció a su hijo Isaac, porque la
voluntad de Dios era que tu Hijo muriera para salvar a los
otros hijos culpables.
Igualmente medianera universal de todas las gracias.
El Señor quiere que todas las gracias vengan por manos de
Cristo, tu Hijo; pero tú, Madre, que estás totalmente unida a
Jesús, te sientes más unida aún acordándote continuamente
de tus hermanos los hombres que caminan en esta vida
–como también dice el Concilio Vaticano II–.
Nosotros los Mies creemos firmemente en estas
verdades, y por esta razón todo lo ponemos en tus manos y
todo lo esperamos de ti, sin que esto mengüe en nada la
mediación única de Cristo, pues son órdenes distintos. Si
todos somos, de alguna forma, mediadores entre Dios y los
demás, pues tenemos obligación de orar unos por los otros,
María, ¿tú no lo vas a hacer en grado eminentísimo? Así
como intercediste ante tu Hijo para que se hiciese el milagro
de la conversión del agua en vino cuando estuviste en las
bodas de Caná, igualmente continúas haciéndolo siempre,
porque en el cielo nos ves a todos nosotros en tu Hijo.
Si aquí, entre los hombres, nos podemos ver y oír aun a
distancias incalculables por los medios conseguidos por la
audacia del hombre como son la TV, la radio y otros
muchos que aún no se han descubierto, ¿no será mucho más
fácil allá en el cielo, donde todos los habitantes de la patria
celestial nos contemplan a nosotros como si estuvieran
aquí?
María nos ve; María, tú me ves a mí; me ves ahora, me
contemplas y me conoces en profundidad como me conoce
tu Hijo, y me amas y cuidas de mí y te preocupas de todas
mis cosas. Por eso eres «Mediadora», si no de forma
esencial como lo es Cristo, porque es Dios y Hombre
verdadero, sí eres Mediadora, de forma parecida a nosotros
María 309
cuando pedimos para conseguir gracias a los hermanos;
pero tú de forma eminentísima, especialísima y, en cuanto
estás más cerca de Dios que nadie, más cerca de Cristo que
ninguna criatura, pues fuiste su Madre, sigues siendo su
Madre y has colaborado con él para la salvación de los
hombres. También tienes unas relaciones con la Iglesia en
cuanto modelo, prototipo. Dice el Vaticano II:
La Bienaventurada Virgen, unida con el Hijo
Redentor por el don y prerrogativa de la
maternidad divina y por sus singulares gracias y
dones, está unida también íntimamente con la
Iglesia. La Madre de Dios es modelo de la Iglesia,
como ya enseñaba san Ambrosio, a saber, en el
orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión
con Cristo. Porque en el misterio de la Iglesia, que
con razón es llamada también madre y virgen, la
Bienaventurada Virgen María la precedió,
mostrando en forma eminente y singular el modelo
de la virgen y de la madre. Pues, por su fe y
obediencia, engendró en la tierra al mismo Hijo
del Padre, y esto sin conocer varón, cubierta con
la sombra del Espíritu Santo, como nueva Eva, que
da fe, no adulterada por duda alguna, no a la
antigua serpiente sino al mensajero de Dios. Dio a
luz al Hijo a quien Dios constituyó primogénito
entre muchos hermanos (Rm 3, 29), a saber, los
fieles, a cuya generación y educación coopera con
amor materno (LG nº 63).
Por consiguiente, si eres modelo de la Iglesia, quiere
decir que tú ya viviste como deben vivir todos los miembros
de la Iglesia; tú te anticipaste. La Iglesia debe mirarte a ti
para copiar lo que ella debe ser.
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La Iglesia –sigue diciendo el Concilio– contempla
su profunda santidad, imitando su caridad y
cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, ella
misma se convierte también en Madre por medio
de la palabra de Dios fielmente recibida; en efecto.
por la predicación y el bautismo, engendra para la
vida nueva e inmortal hijos concebidos por obra
del Espíritu Santo y nacidos de Dios. Ella también
es la Virgen que guarda íntegra y puramente la
fidelidad prometida al Esposo, e, imitando a la
Madre de su Señor, conserva virginalmente, con la
virtud del Espíritu Santo, la fe íntegra, la
esperanza sólida, la caridad sincera.
Mientras que la Iglesia, en la Beatísima Virgen,
alcanza ya la perfección, y de este modo se
presenta sin mancha ni arruga, los fieles aún se
esfuerzan por crecer en santidad venciendo el
pecado; por eso levantan sus ojos hacia María,
que brilla ante toda la comunidad de los elegidos
como modelo de virtudes. La Iglesia, reflexionando
piadosamente sobre ella y contemplándola en la
luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración
penetra más profundamente en el altísimo misterio
de la Encarnación y se asemeja más y más a su
Esposo. Porque María, por haber entrado
íntimamente en la historia de la salvación, en
cierta manera une en sí y refleja las más grandes
exigencias de la fe; y, mientras es predicada y
honrada, atrae a los creyentes hacia su Hijo y su
sacrificio y hacia el amor del Padre. (L.G. 64-65)
María, madre mía, he de tenerte una devoción especial y
propagar tu devoción siguiendo la tradicional frase: A Jesús
por María.
María 311
Pero, ¿qué es tenerte devoción? Lo esencial en la
devoción mariana consiste en aceptarte como Madre y en
procurar imitarte en tus virtudes de amor, servicio, pobreza,
preocupación por los hombres, pureza, esperanza, etc. Por
esto, lejos de separar al hombre en su preocupación por los
problemas de los demás, especialmente de los que sufren, la
devoción mariana auténtica nos empuja a trabajar en favor
de la justicia, la paz, el amor y el progreso; esto es, la
implantación del Reino de Cristo en el mundo.
Pero la imitación de tus virtudes, Madre querida, no es
solamente lo esencial de tu devoción; se necesitan ciertas
prácticas de piedad y culto, como lo ha enseñado la Iglesia y
lo vivieron los santos. El Papa Pablo VI nos lo recordó
insistentemente en la encíclica Marialis Cultus, y el Papa
Juan Pablo II, que no cesa de recordarlo en los escasos
meses que lleva de pontificado cuando se dan estas charlas.
Se recomienda especialmente el rezo del Santo Rosario,
oración sencilla, al estilo de la oración del pobre, de los
Mies, y, al mismo tiempo, oración profundamente
evangélica y que nunca puede pasar de moda ni desfasarse.
Rezar el Rosario llevado en las manos, pues esta forma de
rezar, ya utilizada por los antiguos orantes orientales, es
método práctico de recogerse y abstraerse en lo divino.
El Ángelus y la consagración a tu Sagrado Corazón y, de
forma muy especial, una devoción admirable para el Mies
es llegar a hacer un día, bien conocida y bien vivida, lo que
tu gran apóstol san Luis María Grignon de Montfort predicó
e hizo vivir por sus fieles: la Esclavitud Mariana.
La Esclavitud Mariana, que es entendida por los Mies
como una entrega incondicional a María para que ella
intervenga en todos los asuntos de nuestra vida, espirituales
y aun humanos; es hacer que Dios, por medio de María, no
nos deje vivir, diríamos «al azar», sino que ellos
intervengan en el reparto de gracias, en la consecución de
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gracias que obtengamos del cielo por medio de nuestra
oración, en los acontecimientos que pueden venir sobre
nosotros, en las circunstancias que han de rodear nuestra
vida y la de aquellos que están con nosotros, en todo; es,
como dice la palabra, hacernos esclavos de amor en manos
de la Madre más amorosa, para que ella haga de nosotros lo
que quiera y como quiera. Es quitarnos preocupación de
todo lo nuestro para dejar esa preocupación en manos de
María.
La Esclavitud Mariana hace que el alma viva con la paz
más maravillosa porque todo cuanto le sucede sabe que
viene del amor de María, su madre; quita inquietudes,
agobios y preocupaciones, todo lo espera de María. Todo lo
que suceda, aunque aparentemente pareciera contradictorio
y aun malo, el alma que ha hecho la Esclavitud Mariana
sabe que, aunque no lo entienda, todo es bueno para ella
porque todo viene de manos de la más buena de las madres.
Seamos, pues, los Misioneros de la Esperanza, devotos y
amantes de esta práctica de piedad, la Esclavitud Mariana,
poniéndola como meta de nuestra vida de piedad para llegar
a vivirla bien y en intensidad.
Pero no olvidemos los Misioneros de la Esperanza que
no solamente debemos tener devoción a María; tenemos
obligación, por nuestra vocación, de ser apóstoles de su
devoción; tenemos que propagar su devoción, no podemos
callarnos por falsos respetos humanos y falsa prudencia.
Tenemos que hablar de María, y, más aún, tenemos que
aparecer delante de los hombres, especialmente de los niños
y de los jóvenes, tan enamorados de María que sola nuestra
actitud ya haga crecer en los demás ese amor a la misma
buena Madre. Un Misionero de 1a Esperanza que olvide
esta faceta esencial de su vida no cumple uno de nuestros
Fines y no puede, por consiguiente, mantenerse fiel a su
vocación Mies.
María 313
Yo quiero revisarme, Madre: ¿te tengo devoción según
estas líneas? Y si te tengo devoción, ¿me conformo con ello
o soy, como pide uno de los fines de MIES, propagandista
de tu devoción? ¿Cuándo y cómo hablo de ti? ¿Qué
testimonio doy a los hombres de mi devoción para contigo?
También yo sé que te agrada que se te venere en las
imágenes sagradas. El Concilio Vaticano II vuelve a
recomendarlo. Y permíteme que haga un poco de hincapié
en el tema de las imágenes marianas, porque es, diríamos,
una de las características especiales de la devoción mariana
en MIES. No es, pues, para nosotros algo sin importancia,
sino que es algo específico, característico, aunque cuando
hablemos de esta devoción a las imágenes haya que
entender que no todos la vivirán exactamente de la misma
forma. Pero, ¿a qué madre no le agrada que su hijo lleve
siempre su retrato? Y, ¿a qué hijo no le agrada llevar una
buena fotografía de su madre, que besa y mira con amor? Y
hoy, cuando vivimos en la época de la imagen en todos los
campos educativos, recreativos, políticos, etc., ¿nos vamos a
quedar nosotros sin recrearnos en tu bendita imagen, oh
María?
Además, es costumbre admitida por las personas aun no
creyentes honrar la memoria de los grandes hombres y
mujeres levantándoles estatuas en lugares públicos y
ofrecerles coronas de laurel, flores y cosas por el estilo.
Luego, ¿le vamos a negar nosotros este honor a la más
grande de las mujeres? Hoy, cuando tanto se estilan las
manifestaciones callejeras y se pasean grandes carteles con
las imágenes de los líderes políticos, ¿nos va a dar
vergüenza a nosotros pasear la imagen de nuestra Madre y
Reina por las calles de los pueblos?
Y aunque lo importante en el culto es la celebración de
la Eucaristía y rezar las prácticas antes citadas: rosario,
ángelus, Esclavitud Mariana, consagración a su corazón
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bendito, sin embargo, el Mies también sabe que le gustan
otros «mimos». Gusta de adornar sus imágenes y hacerlo lo
más artísticamente posible, pues el arte y la belleza ayudan
mucho al fervor en la liturgia y paraliturgia.
Un Mies te tiene además como Reina, pues lo eres.
Quizás en esto no copiamos del todo a Santa Teresa del
Niño Jesús, que tenía como miedo de ver a María enaltecida
y engrandecida, como considerando que eso la alejaba de
nosotros; creemos que ella ahí no llegó a captar de verdad lo
que significa ser Reina en María, así como Cristo es Cristo-
Rey. Cristo-Rey no se aleja de los hombres porque el Reino
de Cristo no tiene ningún parecido con los reyes de esta
tierra. María sigue siendo la mujer sencilla de Nazaret
aunque nosotros la consideremos Reina, pues es Reina
precisamente por su sencillez, por su humildad y, más que
nada, por su amor y, si ama, la Reina se acerca a los
hombres.
Si nos gusta verte sencilla, como mujer de pueblo, como
madre de un obrero pobre, trabajando, limpiando con tus
manos callosas, gastadas y ajadas de tanto luchar y sufrir, de
tanto trabajar, precisamente por eso nosotros ahora también
ponemos en tus imágenes toda nuestra devoción y te
coronamos de estrellas y te vestimos con lujos que
significan las virtudes que tú poseías en grado refulgente
como perlas preciosas y, al mismo tiempo, las gracias que
nosotros queremos darte y bendecirte por tanto bien como
nos has hecho a nosotros. Déjanos, Madre, pues, que te
coronemos y te engalanemos como a la más grande
soberana.
Pero que no nos quedemos en este culto externo. De
sobra lo sabemos, Madre, este culto hacia tus imágenes debe
ser un aliciente más para comprometernos en el servicio de
los hermanos. De nada te serviría una corona de metal, por
más precioso que fuera, si esa corona no representa la
María 315
corona de amor que nosotros ponemos a las prácticas
fidelísimas de piedad y, mucho más aún, con el amor
incondicional a los hombres, especialmente a los más
pobres, desgraciados y desheredados.
Enséñanos, pues, a no arrancar esta fe del pueblo
sencillo, quizás lo único que tiene para unirse a Dios y ser
más bueno, dejándonos nosotros llevar por un falso
puritanismo y una preocupación social mal entendida;
engalanarte a ti sin olvidar nuestra misión caritativa,
benéfica y apostólica entre los más pobres y desheredados.
Formemos la piedad popular, pero no la destruyamos.
Y déjame, Madre, que te llame «Esperanza». Ese es el
título más querido de los Misioneros. Eres nuestra
Esperanza porque tú nos has dado a Cristo y nos lo seguirás
dando siempre hasta el triunfo final. Esperanza, Esperanza
de la juventud, Esperanza de los hombres, Esperanza cierta;
y Esperanza también porque sabemos que tú esperas en
nosotros; esperas en los Misioneros de la Esperanza que,
imitándote a ti, se van a entregar sin reservas a la salvación
integral de los hombres, preocupándose de todo lo que
ocurre en la humanidad, como tú te preocupabas de los más
pequeños detalles que hacían sufrir a tus hermanos;
imitándote a ti, que eres Reina de Amor, haciendo que el
mundo se convierta en una comunidad de amor, de paz y de
justicia. ¡Madre, Esperanza Nuestra! No nos abandones
nunca en esta lucha en el valle de lágrimas.
Y déjame que te llame también «Esperanza Macarena».
La Macarena para nosotros no es una imagen más; es la
imagen que de alguna forma inspiró lo que es MIES y todo
el apostolado que ha salido de la Obra apostólica. Que para
nosotros siempre la imagen de la Esperanza Macarena sea la
cuna de nuestra Asociación apostólica Misioneros de la
Esperanza. Que delante de la imagen de la Virgen
Macarena depositemos siempre nuestra consagración y
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nuestra Esclavitud Mariana. Que vayamos allí con nuestras
penas y nuestras alegrías y traigamos siempre de tus manos
maternales los dones suficientes para poder seguir
caminando en la lucha con una nueva esperanza
Esa imagen, que ríe y llora al mismo tiempo, para
nosotros es símbolo y expresión de lo que debe ser nuestra
vida: llorar con los que lloran y condolernos con los que
sufren, con los desheredados, con los marginados, con los
que están en los países del Tercer Mundo; pero al mismo
tiempo sonriendo, alegrándonos en medio de nuestras
lágrimas, porque sabemos que quien lucha, ora y espera,
trae la resurrección al mundo, la salvación a los hombres.
Termino concretando un poco lo que tiene que ser, por
fin, la devoción auténtica de los Misioneros de la Esperanza
a su Madre y Soberana.
En primer lugar, atención seria a las fuentes reveladas.
Que conozca el Misionero de la Esperanza todo lo que la
Escritura habla de ti. Que busquemos en los libros y en los
estudios todo aquello que se dice sobre ti, pero huyendo, sí,
de novedades llamativas y extrañas. Nosotros no queremos
desprendernos de lo que la Iglesia ha creído y ha dicho de ti
todos los siglos.
Segundo: atención al alcance del Magisterio de la
Iglesia. Para nosotros, como siempre, la Iglesia es la que nos
tiene que decir la verdad.
Por último, atención a los datos de antropología,
sociología y psicología actuales, para acomodar en cuanto
se puedan las prácticas de culto.