día 3

Como Juan: "vivir unido a Jesús"

 

CUENTO

 

CUENTO: EL GIRASOL

En un jardín con flores de todo tipo crecía, precisamente en el centro, una planta sin nombre. Era fuerte, pero sin gracia, con flores de estopa y sin aroma. Para las plantas nobles del jardín no era más que un yerbajo, y no le dirigían la palabra.

Pero la planta sin nombre tenía un corazón benigno y cargado de ideales.

Cuando los primeros rayos del sol acariciaban por la mañana la tierra y se divertían con las gotas de rocío haciendo que parecieran refulgentes diamantes en las camelias y rubíes y zafiros en las rosas, las otras plantas se estiraban perezosas.

En cambio, la planta sin nombre no se perdía ni un rayo de sol. Se los sorbía todos uno tras otro. Transformaba toda la luz del sol en fuerza vital, en azúcar, en linfa. Tanto que, al poco tiempo, su fuste, que al principio era raquítico y débil, se había hecho un estupendo tronco robusto y firme de dos metros de altura.

Las otras plantas del jardín comenzaron a tenerle cierto respeto y, también, un poco de envidia.

«Aquel larguirucho está loco», murmuraban dalias y margaritas.

La planta sin nombre no daba importancia a sus cuchicheos. Tenía un plan: si el sol se movía en el cielo, ella lo seguiría para no perderse ni uno de sus rayos.

No podía salirse del suelo, pero era capaz de girar su fuste al unísono del sol.

Así, nunca se dejarían uno a otro.

Las primeras en darse cuenta fueron las hortensias que, como se sabe, son murmuradoras y comadres. «¡Está enamorado del sol!», cotorreaban a los cuatro vientos.

«¡Está enamorado!», decían sonriendo maliciosamente los tulipanes. «¡Qué romántico!», comentaban púdicamente las humildes violetas.

La maravilla llegó al colmo, cuando en lo más alto del fuste de la planta sin nombre, apareció una magnífica flor circular que en todo se parecía al sol. Era grande, redonda, con una circunferencia de pétalos amarillos, un espléndido amarillo de oro, cálido y acogedor. Y aquella faz redonda continuaba siguiendo al sol en su caminar por el cielo.

Por eso, los claveles le pusieron el nombre de «girasol».

Lo hicieron para reírse de él, pero gustó a todos, incluso el propio interesado.

Desde aquel momento, cuando alguien le preguntaba por su nombre, respondía con orgullo: «Me llamo girasol».

Pero las rosas, hortensias y dalias no dejaban de cuchichear sobre lo que, para ellas, era una rareza que ocultaba mucho orgullo, o peor todavía, algún sentimiento poco claro. Fueron las bocas de león, las flores más valientes del jardín, quienes hablaron directamente al girasol.

«¿Por qué miras siempre a lo alto y no te dignas volver tus ojos hacia nosotras? ¡Porque somos tan plantas como tú!», gritaron las bocas de león para hacerse oír.

«Amigas», respondió el girasol, «estoy muy contento de vivir entre vosotras, pero me gusta el sol. Él es mi vida y no puedo apartar mis ojos de él. Lo sigo en su camino. Le quiero tanto, que ya creo que me parezco un poco a él. ¡Paciencia! El sol es mi vida y yo vivo para él…»

Como cualquier persona de bien, el girasol hablaba sin miedo, y lo oyeron todas las flores del jardín. Y las flores en el fondo de su pequeño corazón, aromático corazón, sintieron admiración por él «enamorado del sol».

Para la reflexión y el diálogo:

¿Cómo era la planta sin nombre? ¿Qué le hizo cambiar?

¿Cómo se portaron con ella las otras? ¿Cómo le contestó el girasol? ¿Cómo se sentía?

Ahora podéis contad la historia a vuestro modo, poniendo en lugar de flores, a chicos como vosotros. ¿Quién representaría al sol?

¿Y el girasol? ¿Te gustaría parecerte al girasol? ¿Qué podemos hacer para transformarnos como lo hizo el girasol?

 

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