día 2

Como Teresa: "cuidar los pequeños detalles"

 

DOMINGO SAVIO

 

Desde niño Domingo manifestó su deseo de ser sacerdote. Un buen día se entera Cugliero de la intención de su discípulo de ir a la capital del Piamonte, Turín, para estudiar en el Oratorio de San Francisco de Sales, que era un colegio con internado donde don Bosco preparaba a algunos jóvenes para el sacerdocio, con objeto de que le ayudaran en su trabajo a favor de los niños abandonados de Turín. La alegría del maestro es inmensa y, sin perder tiempo, va a hablar del tema con don Bosco. Éste le habla de un encuentro suyo con el joven en I Becchi, que bien podría tener lugar antes de celebrarse las fiestas de la Virgen del Rosario.

El 2 de octubre de 1854, a muy temprana hora, Domingo, que ha hecho el viaje a I Becchi acompañado de su padre, saluda respetuosamente a don Bosco. Éste aprieta aquella mano temblorosa y mira aquellos ojos de penetrante y candorosa mirada. El chico se presenta: Soy Domingo Savio, de quien le habló mi maestro Cugliero. Venimos de Mondonio. Y enseguida se inicia un interesante diálogo del sacerdote con aquel adolescente de 12 años que ha venido pedirle que la admita en el Oratorio de Turín.

Impaciente, Domingo pregunta: ¿Qué le parece? ¿Me va a llevar a Turín? La respuesta del sacerdote no se hizo esperar: Ya veremos. Me parece que la tela es buena. Un poco sorprendido por la contestación, el joven de nuevo vuelve a preguntar: ¿Y para qué podrá servir esa tela? Don Bosco le responde: Bueno, Domingo, esa tela puede servir para hacer hermosos trajes y regalárselos a Dios Nuestro Señor. Con gran agilidad mental, Domingo dice: Pues bien, yo soy esa tela y usted es el sastre. Lléveme a Turín y haga de mí un buen traje para el Señor.

La conversación se alarga. Hablan de los estudios, de las clases y de la vida pasada. Don Bosco se da cuenta que tiene delante a un joven privilegiado y enriquecido por la gracia divina. Sólo una dificultad ve en el horizonte de la vida del chico, y con franqueza se la comunica: ¿Sabes en qué estoy pensando? Estoy pensando que tu debilidad no te va a permitir continuar los estudios. Pero Domingo, conservando la serenidad, dice: No tenga miedo. El Señor que me ha ayudado hasta ahora me continuará ayudando adelante. Y añade más adelante: Con el favor de Dios pienso ser sacerdote.

Don Bosco, antes de admitirle, quiere probar la capacidad intelectual de Domingo. Para ello le entrega un libro y le señala una página. Estudia hoy esta página y mañana me la traes aprendida, le dice. No fue necesario esperar al día siguiente. Al cabo de un rato, el chico le devuelve el libro y comenta Ya me sé la página. Si quiere se la digo ahora mismo. La sorpresa que se llevó don Bosco fue grande al comprobar que efectivamente Domingo se había aprendido lo que le había señalado.

Don Bosco, impresionado por la evidente santidad de Domingo, lo admite en el Oratorio. El chaval salta de alegría. Con su padre regresa a Mondonio, donde la madre espera con ansiedad recibir la grata noticia. Cuando le comunica el hijo que ha sido admitido, lo besa con los ojos llenos de lágrimas y exclama: ¡Bendito sea Dios!

En el Oratorio de San Francisco de Sales de Turín

El domingo 29 de octubre de 1854, Domingo ingresa en el Oratorio de don Bosco. El Oratorio estaba ubicado en la casa Pinardi, que era baja y vieja, y tenía unos  dormitorios angostos, bajos, con piso de piedra y sin ninguna comodidad. El comedor era al mismo tiempo salón de recreo. Pero en medio de aquella gran pobreza, reinaba la alegría y la fraternidad.

Un letrero situado en la oficina de don Bosco llamó la atención de Domingo. En él se leían estas palabras latinas: Da mihi animas coetera tolle. Don Bosco se las traduce: Dame almas y quedaos con lo demás. El joven exclama satisfecho: Ya entiendo, aquí hay un solo problema, el de las almas… es un negocio, no de dinero sino de almas.

Domingo se habituó enseguida al modo de vida del Oratorio y los días se le pasaba rápidos, casi sin darse cuenta. Observaba escrupulosamente el reglamento. Era feliz en aquel ambiente de sencillez, pobreza y alegría. De natural alegre, servicial, generoso, aunque de genio algo violento, no descansa hasta lograr el pleno dominio de sí. Era muy hábil para contar cuentos, lo que le asegura un gran ascendiente con sus compañeros, especialmente con los más jóvenes sobre los que ejerce benéfica influencia y estimulante ejemplo. Poco a poco se va convirtiendo en el alma de los recreos y en el amigo de todos. Juega, dirige los juegos, organiza entretenimientos.

En la primavera de 1855 don Bosco predicó a los jóvenes del Oratorio y les habló de santidad. En la plática desarrolló tres ideas: 1) Dios quiere que todos nos hagamos santos. 2) Es cosa relativamente fácil llegar a serlo. 3) Hay un gran premio en el Cielo para el que se haga santo. Domingo quedó impresionado y empezó a soñar con la santidad. En su corazón habían quedado grabadas las palabras de don Bosco: Debes hacerte santo. Tienes que ser santo. Dios lo quiere. Pero otra voz le repetía: Tú no lo podrás. No lo podrás. Él, un joven flaco, débil, pálido, sin salud, no tendría fuerzas para hacerle frente a una empresa tan grande, como la santidad.

Estando Domingo sumido con estos pensamientos, llegó el día de la Natividad del Precursor del Señor, día onomástico de don Bosco, que como todos los años se celebraba en el Oratorio. Don Bosco, en un gesto de correspondencia por el afecto que recibía de los jóvenes, les dijo: Escriba cada uno en un papelito el regalo que desea recibir de mí. Os aseguro que haré lo posible por contentaros.

Las peticiones eran muy variadas. Había una -la de Domingo Savio- que era escueta. En su papelito no había más que cuatro palabras: Ayúdeme a hacerme santo. Don Bosco tomó en serio aquella petición. Llamó a Domingo y le dijo: Quiero regalarte la fórmula de la santidad. Hela aquí: Primero: alegría. Lo que conturba y quita la paz, no viene de Dios. Segundo: tus deberes de clases y de piedad. Atención en la escuela, entrega al estudio, entrega a la piedad. Todo ello por amor al Señor y no por ambición. Tercero: hacer el bien a los demás. Ayuda siempre a tus compañeros, aunque te cueste algún sacrificio. En eso, está toda la santidad.

 

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